| Librería Tattered Cover por dentro |
El otro día Bob, uno de los que venden periódicos para gente sin techo, se sentó a mi lado. Yo estaba con mi portátil en uno de los cafés de la ciudad. Probablemente estaba buscando trabajo, algo a lo que me dedico afanosamente desde hace unos días, aunque no lo recuerdo. Bob llama la atención porque es uno de los pocos afroamericanos que vaga por la ciudad. Se sentó a mi lado con una tabla de ajedrez. Sacó uno de esos relojes que los ajedrecistas usan para jugar. Y se puso a jugar solo. Yo no daba crédito viendo la velocidad con la que movía las piezas. Usaba ambos lados del tablero con una agilidad inaudita que no había visto jamas. Mis ojos a penas podían seguir la velocidad de sus manos. Al rato, un chico joven de mas o menos mi edad, le pregunto si podía jugar contra él. Bob aceptó. Y lo machacó. Probablemente Bob tenga un don y no lo sabe (o quizas si, quien sabe). Pero vi en sus ojos que tiene un sueño y quizás algún día salga del agujero en el que está metido. No todos salen. Ni todos quieren salir. Pero algunos pocos consiguen rehacer sus vidas.
Pero sigamos con el tema de la librería. Es rústica, preciosa. Tiene los techos con ese toque característico del oeste: tochos de madera entremezclados con tuberías plateadas. Recuerda al típico peinado de Brad Pitt: parece desaliñado pero tu sabes que todo está cuidadosamente en su sitio tras horas en el estilista. Lo que menos me gusta de estos lugares son las horribles moquetas sacadas de un película de serie B de los años 70. Pasé de puntillas por la primera planta, observando las tarjetas navideñas y los nuevos best-sellers sin entusiasmo. Subí a la segunda planta. Se podía escuchar el silencio, aunque había bastante gente. Es una biblioteca enorme, muy diáfana. Tiene numerosos sofás destartalados, como recogidos de la basura. Estanterías de madera llenas de libros y recomendaciones, tanto de los libreros como de la gente. Notitas aquí y allá...
| Foto de la librería y sus sofas |
Me acerqué a la sección de humanidades y temas sociales. En un rincón de la librería había un círculo de sofás y butacas que estaba ocupado por 5 personas. Todos estaban leyendo, en completo silencio. Yo me fui a echar un vistazo a unos libros, en la sección de al lado. Cogí 3 o 4 libros para ojear y me senté en un banco al lado de la ventana. Pasarían 30 o 40 minutos. En las librerías pierdo la noción del tiempo, no sabría decir. De pronto me doy cuenta de un ruido constante, como un vaivén. Iba y venia de forma mecánica, pero no sabría decir que era. Miré la hora y casi eran las 9 de la noche. Hora de cerrar. Deposité los libros en la estantería y de la que me iba volví a mirar el rincón. Allí seguían las 5 personas con los libros abiertos, durmiendo. Eran personas sin techo que simplemente entraron a cobijarse y que con el calor, la lectura, la noche... se habían dormido profundamente. El ruido que escuchaba minutos antes de lejos, era el sonido de su respiración. Una especie de ronquido suave, armonioso y constante. El cuadro era dulce y parecían niños. Todos parecemos niños cuando estamos dormidos. La frente se relaja, aflojamos la mandíbula, nos entregamos a otra dimensión...
Salí de allí con una buena sensación, entre divertida e inocente. Monté en el coche para regresar a Boulder tras una larga jornada. Y de pronto, tras girar por una calle desconocida miré a la izquierda y vi un grupo de unas 200 personas sin techo haciendo cola para entrar en el albergue. Diablos, hacía varios grados bajo cero! Había muchos afroamericanos e incluso alguno que podría ser yo mismo: joven blanco y mas o menos arreglado. La escena era parecida a la que te puedes encontrar en India a la puerta de un ashram, donde los pobres y hombres santos hacen cola para recibir limosna cada mañana. El paisaje era desolador. Pocos metros después miro a la derecha y veo otro nutrido grupo haciendo cola en una casa de caridad católica. Esta vez no escuché el rugido de la alcantarilla. Esta vez escuché el silencio aterrador de la soledad y el hambre. No pude articular palabra hasta Boulder. No podía quitarme de la mente la imagen de esta gente. Y se que no es mi culpa, ni la tuya. Pero qué coño, quería hablar de ello. Es una forma de agradecer cuando dejo de ser invisible. Aunque solo sea para sus ojos.
